El doblaje y yo (I)

Como por algún sitio hay que empezar, voy a explicaros qué pinto yo en esto del doblaje, o qué pinta el doblaje en mí. El por qué, el cómo, el cuándo… Toda una historia que ya me lleva más de media vida de cabeza.

Cuando tenía unos 16 ó 17 años me llamó la atención el doblaje por primera vez. No sé con qué película concreta fue, pero sí recuerdo que fui al cine y de pronto salí pensando que debía ser chulo eso de ponerse delante de un micro y doblar una película. Se me antojó como una manera muy interesante de vivir los personajes, convertirse en ellos durante unos minutos o unas horas… Les dije a mis padres que me gustaba el tema y ellos contestaron que no tenían ni idea de qué habría que hacer para dedicarse a eso. Y ahí quedó la cosa por el momento.

Años más tarde, cuando ya había terminado la carrera, el gusanillo del doblaje seguía cosquilleándome, y volví a comentarlo con mis padres. Entonces, por medio del hijo de un conocido lejano, pude empezar a ir a “hacer sala” (o hacer de oyente), a un pequeño estudio de Barcelona. Aquello, sencillamente, me encantó. La sala, iluminada ténuemente por la pantalla, el flexo de la mesa del director, y la lucecita del atril, los actores interpretando, el técnico con su mesa y su ordenador, el director dando sus indicaciones, el guión escrito y ajustado al mínimo detalle… Todo era genial. Y yo quería formar parte de ello.

Sin embargo, yo en aquella época era una especie de “bollicao”, vamos, una ingenua e inexperta niña que fuera del ambiente académico habitual se sentía desplazada y extraña. Iba allí a hacer sala una o dos veces por semana, pero no conseguía entablar ninguna relación de mínima confianza con nadie, y cuando la jefa del estudio se sentía generosa y me dejaba decir alguna palabra en el micro, me ponía tan nerviosa que me debía salir una cutrez…

Vamos, que lo tenía crudo, porque sin conocer a nadie que me enchufase, y sin tener ni la más mínima aptitud ni formación para la profesión, poco iba a poder hacer.

Pues bien, al cabo de un año aproximadamente de estar yo allí haciendo sala, la jefa -supongo que compadecida de mi poco fructuosa constancia y mi empeño- me propuso que fuese a alguna escuela a aprender al menos lo básico, y que después ya veríamos si me iba dando alguna cosa.

Y ya me veis a mí yendo al curso siguiente, y con bombo incluido, a aprender doblaje en una escuela de Barcelona en la que poco me enseñaron a parte de algo de sincronía… Algo es algo, desde luego.

Total, que después de todo, resultó que a mí me dieron un contrato largo como enfermera a tiempo completo; y eso, sumado al nacimiento de mi hijo, acabó con todas mis posibilidades de dedicarme al doblaje. Al menos por el momento.

Sin embargo, a mí aquella espinita se me había clavado muy profundamente, y tenía claro que volvería más adelante…

(Continuará…)

 


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