El Doblaje y yo (II)

Pues como decía en la la entrada anterior, a pesar de tener que dejar el doblaje en aquel momento de mi vida en que las circunstancias no acompañaban, tuve muy muy claro que volvería.

Y así fue. En enero del año 2009, por una casualidad, y sin que yo lo hubiese planeado ni previsto, resultó que fui a un estudio de doblaje para acompañar a otra persona. Eso fue el detonante. Volver a ver la sala, con su micro, su pantalla, sus actores, su mesa de mezclas… Volver a ver doblaje, para mí, creo que fue como volver a beber un trago de vino para un ex-alcohólico. Y no exagero. Salí de allí con un solo pensamiento: volver.

No tardé en ponerme manos a la obra porque ya no era sólo que me apeteciese, era como una necesidad, una especie de corazonada de que el doblaje iba a ser algo importante para mí más adelante. Así que en el mes de febrero ya había conseguido hacer sala en uno de los estudios más importantes de Barcelona de aquel momento, Soundub, con un director más importante todavía.

Me sentía extremadamente ilusionada, tanto que estaba decidida a enfrentarme yo solita al doblaje, con las únicas herramientas de mi propio coraje, la base adquirida hacía ya casi 10 años (que yo, ingenuamente, creía suficiente para empezar), y un poquito de práctica que pretendía coger haciendo takes por mi cuenta en casa… ¡¡¡Y no lo dudaba ni un momento!!! Me presentaba tan contenta en la sala y le daba mis datos a los directores, diciéndoles que ya había hecho el curso, y preguntándoles que si me hacían una prueba… ¡Madre mía!, ¡menos mal que no me la hicieron! 😛

Y así fue como, todavía en el mes de febrero, conocí al que posteriormente sería mi profesor de doblaje -tal vez algún día hable de él en este blog-. Tal y como tenía intención de hacer con todos los directores, a él también le di mis datos y me quedé tan fresca. Y cuál fue mi sorpresa cuando unos días más tarde me llamó al móvil. Yo en un principio creí que me querría hacer una prueba, y flipé en colores pensando que aquello iba a ser más fácil y rápido de lo que yo pensaba… ¡Ja!

Pues eso, que yo flipaba. En realidad me llamaba para preguntarme si me interesaba ir a su escuela de doblaje. Se trataba de ir a ver una clase y, si me gustaba y quería, me podía apuntar y aprender. Aquello me descolocó un poco, porque yo no me había planteado volver a ir a clases, y menos con aquel personaje que no me había producido una muy buena impresión en un principio. Sin embargo, accedí (por mirar no perdía nada) y, tras presenciar la clase de doblaje más extraña que había visto jamás, él me preguntó si quería que me hiciese una prueba, para la escuela, por supuesto; pero como una prueba era una prueba, fuese para lo que fuese, le dije que sí y la hice.

En fin, bueno, creo que el resultado fue tan desastroso que me di cuenta de que realmente necesitaba algo más de base para meterme en la profesión. Así que, al cabo de pocos días empezaba la gran aventura de las clases de doblaje. Y digo gran aventura porque realmente lo ha sido durante los 4 años que llevo ya, y los que vendrán…

No voy a pararme a explicar todos los pormenores, las vicisitudes, los altibajos, los desánimos, los momentos de euforia, los de llanto, los de risas, los emotivos, los progresos, las frustraciones… Todo eso sería un palo y demasiado largo; sin embargo sí que diré que estas clases significan algo más que el aprendizaje en profundidad de esta bella profesión.

Me explico.

Tú estás ahí, delante del atril y de la pantalla, con ese personaje que -sutil o escandalosamente- llora, ríe, ama, odia, espera, desespera, seduce, engaña, desea, lucha, enloquece, comapadece, sueña… Y tienes que captarlo, y dejar que sus sentimientos te invadan, y buscar en tu interior, allí, en las profundidades abismales de tu subconsciente para descubrir y liberar las emociones que tenías allí escondidas, e incluso reprimidas, bajo capas y capas de censura social, educacional y personal…

Las capas… ¿Cómo iba yo a transmitir emociones sin permitirme sentirlas? ¿Cómo iba a hacer sentir nada a nadie si yo misma no me permitía sentirlo? Conseguir quitarme todas las capas que enterraban mis emociones fue un duro trabajo, pero valió la pena 🙂

Interpretar, en el teatro, en el cine, o en el doblaje, es eso, sentir, dejar que te invada la emoción de tu personaje, y liberarla sin tapujos, sin vergüenza, sin censuras.

Es difícil describir lo que siente una al ponerse en la piel de el personaje, cuando sientes lo mismo que la protagonista de una película, y lo sacas… Pero en realidad lo sacas de tus entrañas, de lo que has vivido tú, de lo más profundo de tu ser, y lo exteriorizas con todas tus fuerzas, como no lo harías posiblemente en la vida real.

Es… Es como una liberación, casi terapeutico a veces, y casi enloquecedor otras…

Sentir con esa intensidad es sublime y arrebatador… Es como una droga.


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