Los que nunca llegan a salir.

Hace años y paños* trabajé en un sitio en el que había una pediatra suplente me explicó que su abuela decía, hablando de los hombres: “¿Qué se puede esperar de alguien que sale de un chocho para meterse en otro?”

Bueno, la frasecita de marras, en su momento, me hizo reír un rato. Pero es que tiene razón. Al menos en una proporción muy elevada de casos.

¿Qué pasa con todos esos tíos (creo que cada vez menos, afortunadamente), que se han pasado la vida dependiendo de sus mamás, y que cuando salen del nido empiezan a depender de su santa esposa? Realmente, ¿qué se puede esperar de ellos?

Debo aclarar que, cuando hablo de depender, no me refiero a económicamente, porque eso es algo que, por suerte o por desgracia, parece que sí que se les inculca bastante bien a los machos en general: que tienen que trabajar y ganarse la vida.

La dependencia a la que aludo es aquella relacionada con los cuidados de algunas necesidades básicas: alimentarse, vestirse, mantener la higiene personal y del entorno… Y, llegado un cierto momento, cuidar de la prole adecuadamente. En este último punto podría poner miles de ejemplos reales (extraídos de mi experiencia profesional), pero me contentaré con citar la incapacidad de algunos padres para comprender que es más importante preparar la cena a sus hijos, y ocuparse de que se la coman y se acuesten, que ver un partido de fútbol.

El caso, finalmente, vuelve a estar muy relacionado con el machismo imperante en nuestra anquilosada sociedad, pero no se acaba ahí. 

A ver si soy capaz de explicar lo que tengo en la cabeza, y que como digo, es fruto, entre otras cosas, de lo que me encuentro en mi trabajo a diario.

Cuando una mujer se queda embarazada, da a luz, da el pecho, y se encarga de su/s hijo/a/s casi en exclusiva y en solitario durante, durante como mínimo unos tres meses y medio, sufre una especie de transformación. Es como que, de repente, se cae de la higuera; sus prioridades vitales de hasta el momento caen en picado y se van a freír espárragos, pasando a ser lo más importante el cuidado del bebé. De pronto, se da cuenta de que la vida no es ir al gimnasio, quedar con las amigas para ir a donde sea, realizarse profesionalmente, o no perderse su programa de televisión preferido, de manera que las más de las veces acaba renunciando a sí misma para poder sacar adelante, criar, educar y dar cariño a esa/s criatura/s que ha creado (con cierta ayuda).

Pues bien, durante todo ese proceso de metamorfosis, la mujer madura, se curte, sale del huevo, comprende que la vida no es sólo ocuparse de una misma, de que ya no es ella la cuidada, sino la cuidadora. Es una conversión bestial, que te lo pone todo patas arriba, un meneo emocional que sólo lo pueden entender quienes lo han pasado. Es como si alguien viniera de repente, te diera dos tortas y te gritase: “¡Eh, despierta, que ya no eres una niña!”

¿Pero cuándo sufren los hombres en general este vapuleo mental? ¿Cuándo pasan por una experiencia vital de una profundidad, intensidad y dureza semejante? ¿Cuándo tienen que verse obligados por narices a renunciar a ellos mismos en favor de otro ser humano? ¿”Nunca” sería una respuesta aproximadamente válida para estas preguntas?

 

Hombres en la higuera. http://custodiapaterna.blogspot.com.es/2009_11_01_archive.html

Hombres en la higuera.
http://custodiapaterna.blogspot.com.es/2009_11_01_archive.html

Tal como yo lo veo, la mayoría de los hombres viven ese proceso como los astrónomos viven la explosión de una súpernova: de lejos. “Oh, sí, ya soy padre. Qué mono es el bebé. Cariño, me voy a ver el partido con mis amigotes, ¿eh? Te quiero”. Con lo cual, si nadie lo impide y les hace bajar a palos, siguen ahí, en su nube de inmadurez casi perpetua (o sin casi).

Mi madre dice que antes al menos tenían la mili, que les sacaba de debajo de las faldas de su mamá y les hacía caerse un poco de la higuera. No porque allí tuvieran que renunciar a sí mismos para ocuparse de otro, no; la cosa no llegaba a tanto. Pero sí daba para romper un poco con las perniciosas dinámicas de que se lo hicieran todo, y de constituir, en sí mismos, su casi única responsabilidad (o sin casi, nuevamente). Perniciosas dinámicas, por cierto, no para ellos, sino para sus futuras esposas y para la sociedad.

En fin, en mi humilde opinión, nos encontramos ahora con unas generaciones de tíos que ya ni tan solo pueden jactarse de haber salido de la sobreprotección materna -por ser un poco más fina que la abuela de aquella pediatra- al hacer la mili, y que un sargento les pegue unos cuantos gritos y les ponga más derechos que una vela. Aún más: no pueden ni siquiera sentirse responsables de ser los que mantienen económicamente a la familia, porque forman parte de una sociedad triplemente machista que pone sobre los hombros de las mujeres el triple deber de mantener parte de la economía doméstica, de cumplir con sus competencias biológicas, y de asumir el cuidado de la familia.

Nos guste o no, esto es así, y seguirá siéndolo mientras las mujeres lo permitamos, o mientras los hombres no puedan embarazarse, parir y dar la teta. Desconozco cuál de las dos cosas llegará antes, pero lo que sí que sé es que, mientras tanto, se siguen acumulando generaciones de hombretones que nunca llegarán a salir de uno antes de meterse en otro.

Sabia, la abuela de la pediatra…

* De la expresión catalana “anys i panys“, que significa “mucho tiempo”, aunque su traducción literal sería “años y cerraduras”.

 

 

 


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