Magos por sorpresa. Capítulo 10.

MAGOS POR SORPRESA

Una historia de aventuras mágicas en las que la superación personal y la amistad vencen a la oscuridad.

Para fomentar la lectura y, sobretodo, para disfrutar.

By Pilar.

Dedicado con cariño a mis hijos, especialmente a Diego.

CAPÍTULO 10

Habían transcurrido ya varias semanas desde la hazaña de la avalancha. Sobrevivían recorriendo a pie kilómetros y kilómetros con Sirio, cambiando de lugar de acampada cada pocos días, construyendo iglús, y pescando bajo el hielo o cazando con mucha astucia y paciencia para conseguir algo de comer. Absorbían las enseñanzas de su maestro a una velocidad que asombraba al propio Sirio, y la dureza del clima y la vida nómada les iban curtiendo y fortaleciendo cada vez más.

Poco a poco, completaban su aprendizaje, y por fin desarrollaron dos nuevas habilidades: teletransporte y… ¡vuelo! Era maravilloso notar cómo sus cuerpos se levantaban del suelo cuando ellos querían, y luego cómo eran capaces de desplazarse por el aire sin apenas tener que mover un solo músculo.

Los días de las clases de vuelo fueron de los más divertidos para todos: disfrutaban dando volteretas en las paredes heladas, caminando por el techo de los iglús y las cuevas, dejándose caer en picado hasta casi tocar el suelo y luego volviendo a subir, jugando a pillar por el aire… Los juegos y la alegría volvieron durante unos días a sus vidas, pero pronto tuvieron que enfrentarse de nuevo con la realidad.

Una noche, Sirio les reunió a todos en su iglú y les anunció que el momento estaba próximo, que ya les veía casi preparados para salir del planeta e ir en busca del Mago Oscuro. Los niños se sintieron por una parte emocionados, pues eso quería decir que ya se acercaban al objetivo de todos sus esfuerzos, y por otra parte asustados, debido a los peligros increíbles que, con total seguridad, tendrían que afrontar.

Ya de noche, al acostarse, cada uno de ellos reflexionó profundamente y en silencio sobre lo que les sucedería a partir del momento en que abandonasen Sirio para enfrentarse a su destino. Todos sufrían un cierto desasosiego, pero ninguno sentía lo mismo que Lucas: verdadero pánico; auténtica necesidad de desaparecer de allí y volver a ser como antes, de regresar a la Tierra con sus padres… ¡Cómo echaba de menos el colegio, los amigos, su casa y, sobretodo, a sus padres! Habría dado cualquier cosa por que todo aquello volviera…

Lucas, llorando en silencio de rabia e impotencia, cayó en un sueño agitado y superficial. Su adormilada y atormentada mente pronto se vio asaltada por escenas extrañas y desagradables. Imágenes borrosas de sus padres se le aparecían al alcance de la mano y, de pronto, cuando iba a tocarlas, se alejaban a una velocidad inaudita mientras él intentaba alcanzarlas, nadando con desesperación en el vacío interestelar, en medio de un atronador silencio.

Repentinamente, la pesadilla cambió llevándole de regreso al iglú.

Oyó algo. Un sonido muy lejano. No se trataba de un alud, ni del hielo agrietándose, ni de la ventisca, ni de ningún animalejo correteando por la nieve. Parecía una voz que susurraba una conmovedora canción. Era dulce y suave, y le invadía poco a poco, serenando y calmando su turbado espíritu, ahuyentando todo temor… Entonces se dio cuenta: ¡Era la voz de su madre!

“Estoy soñando”, pensó todavía semiinconsciente y haciendo esfuerzos por retener el sueño y la sensación de paz que le transmitía la voz. Sin embargo, inevitablemente y contra su voluntad, no tardó en acabar de despertar. Abrió los ojos como platos y se incorporó para asegurarse de que ya no estaba soñando; sí, estaba despierto, y la voz se oía con perfecta claridad. Al principio se extrañó al ver que los demás dormían profundamente, acurrucados unos con otros como siempre; ni siquiera su hermano había percibido la voz de su madre… Pero ¡qué importaba! Él sí que la había oído y, aunque no entendía de ninguna manera cómo era eso posible, se sentía irremediablemente arrastrado hacia ella. Así que salió.

La oscuridad se cernía a todo su alrededor pero, a lo lejos, en la dirección de la que provenía la voz, vio una luz. Corrió en su dirección. Corrió durante unos minutos, hasta que se dio cuenta de que la voz ya no se oía y la luz no estaba más cerca por mucho que él corriera. ¿Qué estaba pasando?

– ¡Mamá! –gritó con la voz quebrada por el cansancio y el miedo-. ¡Mamá! ¿Dónde estás? ¡¿Por qué no sigues cantando?!

Silencio.

– ¡¡¡¿Qué está pasando?!!! –chilló, desolado, cayendo de rodillas al suelo helado y empezando a sollozar-. Quiero volver a la Tierra… Mamá… No puedo más con todo esto…

– Lucas, Lucas… -dijo entonces otra voz justo detrás de él-. No es propio de un mago como tú llorar de esa manera.

Lucas dio un respingo y se dio la vuelta. Tenía ante él a una mujer de una belleza sublime, alta y esbelta. Era como una aparición, con su vestido vaporoso y sedoso hondeando al viento de la noche. Era magnífica, y sus ojos fríos y penetrantes clavaban su mirada en los suyos, mientras que él, avergonzado, se secaba las lágrimas de la cara y se ponía en pie.

– No obstante –continuó ella alimentando los sentimientos de Javier-, te comprendo perfectamente; todo esto es absurdo y abusivo. No entiendo cómo a alguien se le ha podido ocurrir que unos pobres niños puedan llegar a vencer a un Mago Oscuro… En mi opinión, os han metido en una situación desproporcionadamente peligrosa para vosotros, ¿no te parece?

– ¡Sí! ¡Eso es lo que pasa! -contestó Lucas creyendo que por fin alguien le entendía-. Todos se empeñan en que tenemos que derrotar a ese mago, y estamos aquí, apartados del mundo, helándonos, ¡y cada vez más cerca de que nos maten sin ni siquiera habernos podido despedir de nuestros padres! ¡Es injusto! ¡¡¡Estoy harto y no puedo más!!!

Lucas, presa de una desesperante sensación de hallarse en un callejón sin salida, sumergido en un torbellino de angustiosos pensamientos que llevaban siempre al mismo final catastrófico, no era capaz de darse cuenta de que aquella mujer estaba utilizando su propia desesperación y pesimismo para dominarle.

Después de dar rienda suelta a la tremenda ansiedad que le había consumido cada vez más durante las últimas semanas, y que había contenido como había podido, cayó de nuevo de rodillas, llorando con amargura.

La mujer permaneció allí, de pie, impasible, pero su voz sonó nuevamente dulce a los oídos del niño:

– Comprendo tu tristeza, Lucas, incluso tu rabia al no poder hacer nada para evitar el destino terrible al que te estás viendo arrastrado contra tu voluntad. Debes de sentirte muy enfadado por todo lo que te han hecho: separarte de tus padres, de tus amigos, de tu casa… Los demás sí que quieren estar aquí, y pueden hacer lo que quieran, pero tú no, y eso es muy injusto… Yo creo que tú deberías estar con tus padres, ¿verdad?

Aquellas palabras eran justo lo que Lucas necesitaba oír para convencerse de que realmente aquella mujer le comprendía. Por fin alguien se daba cuenta de su situación; por fin veía una pequeña luz al final del oscuro túnel en el que se hallaba inmerso. Se limpió las lágrimas otra vez, y levantó la cabeza para mirar de nuevo a la que veía ahora como su benefactora.

– Sí, desde luego que sí -continuó ella al ver la nueva expresión de esperanza e interés del niño-. Tú no deberías estar aquí. Y… ¿sabes?, creo que yo podría ayudarte.

Pronunció estas últimas palabras lentamente, remarcando cada una de ellas. Lucas la miró. Deseaba más que ninguna otra cosa en el mundo dejar atrás toda aquella pesadilla, así que no se lo pensó dos veces y dijo con voz débil y temblorosa:

– Entonces… ayúdame, por favor.

– Por supuesto, por supuesto. Claro que te ayudaré. Pero no puedo hacerlo todavía… Primero necesito que tú me hagas un pequeño favor; ya sabes, los amigos se ayudan entre sí.

– ¿Yo? ¿Qué es lo que yo puedo hacer? -preguntó el niño sorprendido, pues pensaba que nada podía haber en su mano que pudiera necesitar una maga aparentemente tan poderosa.

– Verás, tu maestro, Sirio, tiene una cosa que yo necesito… Se trata de una bola de cristal; estoy segura de que un chico tan listo como tú podría cogerla sin que él se enterase y traérmela mañana por la noche, a este mismo lugar.

Lucas recordó que en una ocasión vio a Sirio con un objeto redondo que él no llegó a distinguir, pero que seguramente debía de tratarse de la bola de cristal. Él no sabía dónde la guardaba el mago, ni para qué servía, ni si podría conseguirla de alguna manera. Tampoco tenía ni idea de para qué diablos la quería aquella mujer y, aunque sospechaba que no debía de ser para algo bueno, se dijo a sí mismo que no era de su incumbencia. Al fin y al cabo, si después de darle la bola a la maga, él regresaba a la Tierra con sus padres, ya nada de lo que sucediera en aquel maldito planeta helado le importaría lo más mínimo.

Creyendo, pues, que no tenía nada que perder, y sí mucho que ganar, decidió que ya se las apañaría como pudiera para arrebatarle la bola al mago, y contestó, ya recuperado del llanto y la angustia:

– De acuerdo. Mañana te traeré la bola y tú me sacarás de aquí y me llevarás con mis padres inmediatamente.

– Así me gusta -dijo la mujer, complacida ante el nuevo aplomo de su aliado-. Mañana a estas horas estarás fuera de este espantoso lugar.

Y, sin más, desapareció. Lucas se quedó un momento allí, en la nieve, preguntándose si no estaría todavía soñando. Pero no, no lo estaba. Había sido totalmente real, no cabía la menor duda. Y ahora él se encontraba a un paso de realizar su deseo… Aquello le dio ánimos y volvió al iglú contento y sin el menor remordimiento por lo que acababa de decidir.

Hasta aquí el séptimo capítulo, que os podéis descargar en formato Libre Office clicando MAGOS-POR-SORPRESA-cap-10.-By-Pilar


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *