Magos por Sorpresa. Capítulo 4.

MAGOS POR SORPRESA

Una historia de aventuras mágicas en las que la superación personal y la amistad vencen a la oscuridad.

Para fomentar la lectura y, sobretodo, para disfrutar.

By Pilar.

Dedicado con cariño a mis hijos, especialmente a Diego.

CAPÍTULO 4

Todo ocurrió de repente. Se escuchó un aullido agudo en el exterior del Palacio y, a continuación, una explosión. Y luego otra. Y otra más. Y así un montón.

Los Magos no tardaron en comprender lo que estaba pasando: estaban sufriendo un ataque masivo de extraterrestres aliados del Mago Oscuro.

Amín no dudó un momento lo que debía hacer.

– ¡Rápido! -gritó por encima del estruendo de las explosiones- ¡Es más que posible que hayan venido para acabar con vosotros, así que está claro que tenéis que escapar de aquí ahora mismo! ¡Nos vamos de la Tierra!

Entonces les guió por los pasillos que conducían a los hangares. Los niños los habían recorrido ya otras veces, cuando iban a pasar sus ratos de recreo pilotando pequeñas naves. Las había de distintos tamaños, y de distintas características; unas se utilizaban para pequeños desplazamientos en la Tierra y otras para viajes espaciales. Sin embargo, todas se pilotaban de una forma bastante parecida.

Cuando huían corriendo por el pasillo que conducía al hangar principal, una explosión abrió una gran grieta en el techo del túnel. El hielo empezó a caer en enormes y afilados fragmentos que se estrellaban contra el suelo, provocando un ruido ensordecedor y una metralla de astillas congeladas. Pero, gracias a que Amín iba detrás de todos ellos, lanzando bolas de energía para desintegrar los bloques de hielo, lograron avanzar sin ser aplastados, hasta que… Una roca helada rozó la espalda del mago y cayó como un hacha sobre su pierna derecha.

Estrella fue la primera en darse cuenta de lo ocurrido, ya que iba la última, delante de Amín, y llamó a los demás con un chillido. Cuando todos se dieron la vuelta y vieron lo que había pasado, se les heló la sangre.

Amín estaba tumbado boca abajo en el suelo, con una pierna atrapada bajo el bloque de hielo. Lucas fue capaz de reaccionar con sangre fría, y convirtió la roca en una gota de agua. La pierna de su maestro estaba destrozada, y el dolor que sentía éste era insoportable. Sin embargo, consiguió hablarles y decirles el rumbo que deberían marcar en el ordenador de a bordo.

– No hay tiempo de nada más. Yo no puedo seguiros y vuestra vida depende de lo rápidos que seáis saliendo de aquí -suspiró con una mueca de dolor e hizo una pequeña pausa mirándoles con cierta preocupación-. Llegaréis a un pequeño planeta habitado por un solo hombre que se llama igual que la estrella más brillante del cielo: Sirio. El planeta en el que vive forma parte del sistema de esta estrella, y él vive allí desde hace años. Es un gran mago; nos enseñó todo lo que sabemos a muchos de los que estamos aquí ahora, y me expresó su deseo de continuar vuestro entrenamiento cuando yo acabase mi parte. Aunque no he terminado, ha llegado el momento de que él se convierta en vuestro nuevo maestro. ¡Que tengáis suerte!

Ninguno de los niños se movió, estupefactos y sin acabar de creerse lo que les pedía su maestro y amigo.

– Rápido, por favor… Sois demasiado valiosos como para arriesgaros por mí… Yo… No os preocupéis, saldré de esta -les dijo intentando mantener la compostura.

De repente, Lucas salió corriendo tanto como podía hacia la puerta del hangar, apretando los dientes para no llorar.

– ¡Lucas, espera! -gritó Juan mientras se despedía de Amín con una triste mirada.

Así fue como los niños abandonaron el Palacio de Hielo, inesperadamente, con los corazones destrozados por la pena de haber tenido que abandonar malherido a su maestro, inseguros por no haber completado su entrenamiento, y muertos de miedo ante la soledad y la incertidumbre.

Con aquellos sentimientos, subieron deprisa a la nave, perseguidos por el terror de los disparos y explosiones. Torpemente, revisaron los sistemas e introdujeron el nombre de “Planeta Sirio” en el ordenador de a bordo, y rápidamente las coordenadas astronómicas aparecieron en la pantalla táctil, junto con un gran círculo rojo en el que ponía: “Pulsar para iniciar vuelo. Destino: Planeta Sirio”. Sara tragó saliva y miró a sus amigos antes de poner su temblorosa mano sobre el círculo. Inmediatamente, la nave despegó y en escasos minutos ya podían ver la Tierra entera a través de las ventanillas.

Pero las dificultades no tardaron en alcanzarles. Varios cazas enemigos les habían empezado a seguir antes de que lograran salir de la atmósfera terrestre y, cuando llegaron al espacio, tuvieron que tomar los mandos de los 4 cañones que había en cada uno de los lados la nave, para defenderse. Se los repartieron entre Juan, Lucas, Edu y Sara; Estrella se quedó sentada, con cara de susto, en una butaca y bien sujeta con los cinturones de seguridad. Los niños, conscientes de que se jugaban la vida, lucharon con toda su energía, dejándose llevar por su intuición. Su instinto de supervivencia les aguzaba los sentidos y los reflejos.

Lucas se movía con rapidez en su cabina, manejando el cañón hábilmente. Disparó una y otra vez, sobre un caza hasta que lo tocó en un ala, y entonces vio otro que se acercaba por la parte de atrás; rápidamente hizo girar el cañón pero se dio cuenta de que no rotaba más que 180 grados, así que tuvo que avisar a Sara por la radio, y ella fue quien lo derribó.

Mientras, Edu peleaba a cañonazo limpio con otro enemigo especialmente rápido y escurridizo, que no se dejaba alcanzar y que ya había disparado varias veces contra su nave, provocando pequeñas averías en algunos circuitos exteriores. El caza, para despistar, se colocó justo debajo de ellos y en posición de ataque. Fueron unas décimas de segundo las que necesitó el cerebro de Juan, que se había quedado con los mandos del cañón delantero, para comprender dónde se había escondido el enemigo, y reaccionar: tomó los mandos de la nave, la puso totalmente al revés y gritó:

– ¡¡¡Disparad ahoraaaa!!!

Todos comprendieron rápidamente la jugada de Juan y dispararon a la vez, llenando el cielo estrellado de rayos y de la luz de la explosión. Cuando Juan vio el resultado de lo que acababan de hacer, siguió haciendo girar la nave sin parar y les dijo a los demás que siguiesen disparando continuamente, hasta que estuvieron seguros de que no quedaba nadie en los alrededores.

Entonces, tras un momento de silencio, todos se levantaron de sus butacas y fueron corriendo al puesto de mando central, se miraron y, sin pensarlo, se abrazaron y empezaron a gritar y a saltar de alegría, mientras las lágrimas les resbalaban por las mejillas debido a la emoción. No sabían si estaban más contentos por haber sobrevivido, por haberlo conseguido ellos solos, o por estar todos juntos.

 

Hasta aquí el cuarto capítulo, que os podéis descargar en formato Libre Office clicando MAGOS POR SORPRESA cap 4. By Pilar.


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