Magos por sorpresa. Capítulo 8.

MAGOS POR SORPRESA

Una historia de aventuras mágicas en las que la superación personal y la amistad vencen a la oscuridad.

Para fomentar la lectura y, sobretodo, para disfrutar.

By Pilar.

Dedicado con cariño a mis hijos, especialmente a Diego.

CAPÍTULO 8

Después de recoger sus cosas y unirse Sirio, los niños caminaron junto a su nuevo maestro hasta que anocheció.

La comitiva se dirigió en primer lugar hacia una zona elevada, una especie de sierra compuesta por suaves colinas heladas; pero no subieron por ellas, sino que anduvieron por un desfiladero hasta que, al cabo de un buen rato de camino, se presentó ante ellos un paisaje de una belleza tan colosal y tan extraña que les dejó sin aliento.

Ante ellos se extendía una enorme depresión blanca, de forma casi circular, y que se hacía más profunda en el extremo opuesto al que se encontraban ellos. Estaba por completo rodeada de montañas de hielo que, en la parte más alejada, adquirían dimensiones sobrecogedoras, gigantescas, con afiladísimas cimas y escarpadas paredes verticales. Sirio, al percatarse de la admiración de los jóvenes por lo que veían, se detuvo un momento para dejar que contemplaran el singular paisaje. Sin embargo, no había tiempo que perder y enseguida les hizo una señal y reemprendió la marcha. Todos le siguieron, todavía extasiados, en medio del estremecedor silencio que tan solo rompían sus voces y el rumor de sus pasos sobre la nieve.

La caminata a través de la depresión resultó más llevadera que el resto de la travesía, ya que avanzaban cuesta abajo todo el rato. Seguían el trayecto marcado por un pulido surco, practicado en el hielo, que hacía las veces de camino y los adentraba cada vez más en el extenso y profundo valle helado. En algunos momentos, cuando la pendiente era más pronunciada, se deslizaban manteniendo el equilibrio o sentados como si estuviesen en un gran tobogán, riendo por fin y saboreando la diversión, después de tantos días de penuria. Sirio, complacido al verlos disfrutar y sabedor de que después pasarían mucho tiempo sin demasiadas diversiones, les permitió aquel juego.

A medida que avanzaban hacia la parte más honda de la depresión, la verdadera superficie rocosa del planeta se adivinaba cada vez con mayor claridad por debajo de la capa de hielo que lo cubría todo. No tardaron en darse cuenta, además, de que el camino que seguían les conducía directamente a una enorme grieta que podían apreciar en la pared vertical de la montaña que tenían enfrente. Al anochecer ya se encontraban al pie de la abertura y los niños no se sorprendieron al comprobar que, tal como sospechaban, debían penetrar en su interior.

Uno a uno, se introdujeron en el misterioso y sombrío corredor helado, y continuaron caminando en pos de su maestro. Avanzaban siempre cuesta abajo, en fila india, empequeñecidos entre los dos gigantescos muros de hielo que se alzaban varios kilómetros por encima de sus cabezas, sumidos en una oscuridad cada vez más profunda, tan solo desgarrada débilmente por la tenue luz que producía la vara del mago y los reflejos azulados que esta arrancaba a los témpanos de las paredes.

Estaban agotados porque habían caminado durante todo el día sin parar y Estrella hacía rato que iba dormida en brazos de Sirio, así que, cuando este anunció que habían llegado, los jóvenes magos respiraron aliviados y miraron a su alrededor buscando algún tipo de refugio; sin embargo, lo único que vieron fue el hielo de las escarpadas paredes alzándose a ambos lados del camino.

– ¿Es que vamos a dormir aquí, en medio del hielo? –preguntó Lucas, enfadado.

El mago le miró sin pronunciar palabra y eso bastó para que el chico agachara la cabeza y se quedara callado. Edu, que estaba al lado de su hermano, le dio un codazo cuando Sirio se volvió para mirar hacia otro lado, levantó la vara que sujetaba en su mano y susurró unas palabras ininteligibles. Acto seguido, en la pared que tenían a la derecha, se abrió ante sus ojos una nueva grieta que atravesaba la espesa capa de hielo y penetraba en la montaña.

– Este es mi refugio –dijo el mago-. Aquí pasaremos esta noche, y mañana saldremos nuevamente hacia el lugar en el que os entrenaréis. Ahora entrad; comeremos algo y descansaremos hasta el amanecer.

Los niños obedecieron sin pensárselo dos veces y, después de atravesar el estrecho pasillo de hielo que Sirio había abierto, llegaron a una cueva.

Comparadas con el frío hielo, las paredes rocosas de aquella estancia y su suelo de tierra seca, cubierto en algunas zonas con pieles de animales, parecían de lo más acogedor. Mientras ellos lo observaban todo, Sirio volvió a cerrar el pasillo susurrando algo a la vez que hacía un gesto con la vara. Acto seguido la introdujo en un orificio que había en el centro de la gruta, de manera que esta quedara bien iluminada.

– Sentaos –dijo señalando unas pieles extendidas en el suelo alrededor de la vara.

A continuación, se acercó a un hueco de la pared y sacó de allí unos trozos de algo que parecía pescado seco, una cazuela y unos cuencos que les repartió.

La cena resultó muy divertida. Todos estaban contentos de haber encontrado a Sirio. Reían recordando los resbalones en el hielo durante el camino y lo bien que lo habían pasado bajando por el tobogán helado. El fuego que había hecho Sirio les calentó y les reconfortó, igual que la sopa de pescado que les preparó.

Cuando terminaron de comer, Sirio les dijo:

– Os he estado observando durante todos los días que llevabais aquí, y estoy contento porque habéis aprendido mucho vosotros solos.

– ¿Sabías que estábamos aquí? –Preguntó Lucas con desconfianza.

– Sí, lo sabía.

– Entonces ¡¿por qué no nos viniste a buscar?! ¡Lo hemos pasado muy mal! ¡Hemos estado a punto de mandarlo todo a la porra, y Estrella casi se muere de frío y agotamiento! ¿Cómo has sido capaz de dejarnos pasar por todo esto?

Lucas se había levantado y había dicho todo aquello gritando, muy enfadado.

– Siéntate y tranquilízate; te lo explicaré todo –respondió Sirio con la misma serenidad de siempre-. Está bien –continuó cuando Lucas, a regañadientes, se sentó-; el aprendizaje que vais a iniciar conmigo no sería posible si no hubieseis pasado por la dura prueba que han supuesto estos días de atrás. Las enormes dificultades a las que os habéis enfrentado os han puesto al límite hasta el punto de que casi abandonáis. Pero no lo habéis hecho; no os habéis rendido. ¡Al contrario! Os habéis detenido para pensar, os habéis levantado, habéis salido de la miseria en la que habíais caído y habéis sabido trazar un plan para conseguir vuestro objetivo. Eso, muchachos –y miró a cada uno de ellos con emoción y entusiasmo en la voz, como si fuese un entregado entrenador animando a su equipo- os ha hecho fuertes y poderosos para poder afrontar lo que vendrá después. –Hizo una pausa-. Podríamos decir que ha sido la primera parte de vuestro entrenamiento conmigo.

Todos se quedaron un momento callados y, finalmente , Sara rompió el silencio:

– O sea, que lo que quieres decir es que si tú nos hubieses venido a buscar y nos hubieses traído hasta aquí directamente, nos lo habrías estado poniendo todo demasiado fácil y nuestro entrenamiento no habría sido completo…

– Exacto –contestó Sirio-. Os aseguro que he sufrido viéndoos sufrir, y que de buen grado os habría traído aquí cuando caminabais en medio de la ventisca, sin rumbo y desesperados, pero entonces no habríais alcanzado la madurez que ahora tenéis… No siempre el camino fácil es el mejor.

Los niños empezaron a entender lo que el mago les quería decir, y se sintieron satisfechos de lo que habían conseguido. Incluso Lucas había cambiado de expresión al darse cuenta de que Sirio estaba en lo cierto: ahora se sentía más mayor, más dueño de sí mismo, porque estaba seguro de poder salir adelante por sus propios medios a pesar de las dificultades que se le presentaran. Sin embargo, Estrella, que no había entendido ni una palabra de lo que habían estado hablando, bostezó aburrida y cansada, y dijo:

¿A mimir?

Ante esa inocente y acertada pregunta, todos rieron de buena gana y decidieron que la pequeña tenía razón. Pronto, los niños estuvieron profundamente dormidos sobre las pieles, arropados con las mantas de sus equipos de supervivencia y guardados por la mirada vigilante de Sirio.

Hasta aquí el séptimo capítulo, que os podéis descargar en formato Libre Office clicando MAGOS-POR-SORPRESA-cap-8.-By-Pilar


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