Más gansadas y menos colores.*

Una característica común que encuentro a diario en muchos padres, especialmente en los primerizos, es esa pequeña -o gran- obsesión por que todos los preparativos y aspectos relacionados con sus hijos sean lo más perfectos posible (por cierto, que yo misma me podría haber incluido en su momento).

Unos con que los horarios sean impecables, otros con que el bebé no se malcríe, otros con estimularle precozmente, otros con que la ropa o la habitación sea preciosísima, otros con que todo sea natural… Cada uno tenemos nuestra propia manera de preocuparnos por darle lo mejor a nuestro hijo, y cuando es el primero, volcamos toda la energía en ello.

Esto es bueno, siempre que la obsesión no sea demasiado fuerte, claro. Pero ¿os habéis parado a pensar en lo que realmente va a hacer feliz a vuestro hijo?

¿Aprender los colores o los números antes de lo habitual? ¿Tener la mejor habitación o la ropa más chula? ¿Tomar los cereales ecológicos y naturales?… Lo siento: ninguna de estas cosas va a hacerle más feliz a pesar de que, en sí, son buenas.

¿Qué es entonces lo que le dará felicidad? La respuesta es simple: vuestro tiempo y vuestro cariño.

Mirad, mi opinión es que, antes que ningún otro consejo de salud, antes incluso que la verdaderamente fabulosa lactancia materna, antes que ninguna vacuna o pauta de hábitos saludables, antes que ningún otro consejo, lo más importante que se le puede recomendar a unos padres o futuros padres es que dediquen tiempo a ESTAR con su hijo. En mayúsculas, sí, porque ello implica no sólo estar al lado, en la misma habitación o la misma vivienda que la criatura, sino disfrutar con ella, jugar, reír, cantar, llorar (también, sí), hablar… compartir, en fin, nuestro tiempo y energía con ella.

Si disponéis en abundancia de estos dos tesoros (energía y tiempo), podréis permitiros preocuparos por aquellos otros temas que comentaba al principio de la entrada; pero si sois personas más normales y disponéis de menos horas libres, tendréis que priorizar. Y de verdad os aconsejo con todo mi corazón que apostéis por pasar todo el tiempo posible compartiendo y disfrutando con vuestros hijos, y mostrándoles cuánto les queréis.

Cuando sean bebés cogedles en brazos, cantadles, acunadles, hacedles masajes, habladles… y cuando vayan creciendo, tiraros al suelo a jugar, haced bromas con ellos, cantad, bailad, seguid tomándoles en vuestros brazos y haciéndoles masajes, pedorretas en la barriga y juegos de falda, contadles cuentos, echaros con ellos en sus camas a charlar a la luz de una linterna, haced manualidades y salid en bicicleta, mirad una película de esas espantosamente pastelosas, absurdas, predecibles o simplonas que les encantan… Lo que sea con tal de pasarlo bien juntos.

Los problemas vienen solos, sin que los llamen, así que buscad buenos momentos a diario, momentos que sean vuestros, especiales; les ayudarán a ser mejores personas, a ser autónomos, a tomarse la vida con más alegría y confianza en sí mismos, a sentirse seguros, y a ser felices, y recordarán muchos de esos ratos con infinito cariño el resto de sus vidas.

Si hay algo parecido a una barita mágica, o a un manual de instrucciones de los niños, es esto. El vínculo afectivo que crearéis así os ayudará a conocer a vuestros hijos, y a que ellos os conozcan y confíen en vosotros.

No tengáis miedo. Nunca, jamás, os arrepentiréis de haber dedicado todas las horas posibles a disfrutar con ellos y a demostrarles vuestro cariño. Nunca serán demasiadas.

Haced “gansadas” con vuestras criaturas. Todas las que podáis. Y menos colores y números, comidas de lujo, y ropitas de diseño. 😉

* El título de esta entrada fue fruto de una conversación a las 2 de la madrugada con mi gran amiga Palmira; de hecho lo formuló ella. A ella se debe también en parte la orientación que ha tomado este texto. Así que se la dedico especialmente y con cariño 🙂


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