Seres emocionales: La primogenitura por un plato de lentejas.

Ayer dije que había otro motivo por el cual creo que somos seres emocionales. Pero me equivocaba; no hay uno más, sino dos.

El segundo se me había olvidado, y os explico hoy.

Parece ser que anhelamos una vida tranquila y apacible, sin complicaciones; una vida en la que el máximo problema sea qué ropa nos ponemos o qué película vemos en el cine, por decir algo… ¿Quién no ha deseado algo así?

Pero ¿es eso lo que realmente necesitamos?

Racionalmente la respuesta estaría clara y, de hecho, la humanidad, tal como está funcionando desde su existencia, tiende cada vez a hacer la vida más cómoda, buscando, no sólo la solución a problemas, sino la manera de evitarlos.

Nuestros ancestros buscaron la manera de no pasar frío en invierno, la de protegerse de las fieras, la de disponer de comida durante todo el año… Más tarde se buscó la forma de hacer el trabajo más llevadero, de curar las enfermedades, de que parir no supusiera dolor… Posteriormente, se intentó, no sólo salvar a quien enfermaba, sino evitar las enfermedades y vivir más años; se consiguió así un estilo de vida cada vez más alejado de los peligros y el riesgo que supone el contacto con la naturaleza, una vida en la que cada vez se dependiese menos de la aleatoriedad… Y ahora, por último, hasta buscamos la manera de no tener que mover ni tan solo un dedo para cumplir nuestros deseos más fútiles…

En apariencia, sería una progresión lógica; de hecho, creo que es racionalmente inevitable, a pesar de que me parece que todo esto ha estado muy condicionado, desde épocas muy remotas, por la codicia de unos cuantos… Pero esto ya es harina de otro costal y, en cualquier caso, la masa ha seguido, y sigue, ese inexorable “avance” (si se le puede llamar así).

Y, sin embargo, la cosa es que no me da la sensación de que todas estas comodidades y ausencias de riesgo nos den la felicidad… Fijaros en que, cuando tenemos una temporada demasiado larga sin nada por lo que luchar, nos volvemos apáticos e, incluso, caemos en depresiones más o menos profundas, tanto a nivel individual como colectivo o, incluso, generacional y social.

En realidad, la vida cómoda y apacible no nos llena, no nos realiza; necesitamos algo que nos estimule, que dé salsa a nuestra existencia. Se dice por ahí que hay gente que no sabe vivir sin complicarse la vida, que si no tiene problemas, los busca. No hace falta que sean problemas graves, ni con la ley, ni nada excepcional; sencillamente, retos que superar de cualquier tipo: deportivos, personales, sociales…

Hay gente que lleva esto al extremo, practicando actividades que entrañan verdadero peligro, como tirarse desde lo alto de un pico con un traje planeador. Pero hay otras personas que, simplemente, se hacen voluntarios en un hospital infantil, o para acompañar a ancianos, por ejemplo. Y otros, aún más convencionales (aunque no menos “valientes”), deciden tener hijos, adoptar un animalito, buscarse un trabajo que le dé quebraderos de cabeza continuos, escribir un libro, apuntarse a un gimnasio o a un grupo de teatro, o viajar… ¡Ah!, y quien no tiene los ánimos o la energía para embarcarse en una de esas aventuras, se dedica a buscar tres patas al gato, dándole mil y una vueltas a las cosas más nimias y absurdas que se le pongan por delante como, por ejemplo, espiar lo que hacen los vecinos y criticarlos sin parar 😉

Pero, en realidad, ni siquiera hay que pensar en gente que “se complica la existencia” para darse cuenta de que necesitamos salsa en la vida; basta con que nos preguntemos por qué diablos cobran lo que cobran los actores famosos y las figuras deportivas… ¿Lo adivináis?

Reconstrucción de cráneo de Australopithecus. Imagen extraída de wikipedia.org

Reconstrucción de cráneo de Australopithecus.
Imagen extraída de wikipedia.org

Vamos, que de una manera u otra, es obvio que necesitamos emociones en la vida tanto como el aire que respiramos; unas emociones que teníamos garantizadas en el día a día, hace 4 millones de años; unas emociones que, de alguna manera, vendimos a cambio de la comodidad y la seguridad; unas emociones que, ahora, en nuestro tecnificado, globalizado y previsible hasta el aburrimiento mundo occidental, buscamos como posesos a través de los caminos más variopintos…

¿Acaso vendimos la primogenitura por un plato de lentejas?

No tengo ni idea. Pero lo que está claro una vez más, es que lo que nos mantiene y nos motiva, no es el raciocinio, sino las emociones.

 

 

 


Comentarios

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